El paraguayo es raro
El paraguayo es raro
Cuando le preguntas al paraguayo por su día, él te responde todo tranqui o de lujo, mientras va caminando sudado por la calle, con su moto –que tiene una cubierta pinchada– al lado. Tiene el sol en la nuca, la billetera vacía y aún así sonríe, como si reírse del infortunio fuera su deporte nacional.El paraguayo dice ¡yo no le debo fineza a nadie!, y sin embargo le debe al almacenero, al carnicero, al vecino, al cuotero y hasta al tío que le prestó plata para “una urgencia”. No le gusta deber, pero no puede evitarlo: vive a crédito, a confianza, a promesa. Su economía funciona con la palabra empeñada y la esperanza de que “el mes que viene se mejora”.
El paraguayo es raro. Dice que “ya no cree en los políticos”, pero el domingo de elecciones se levanta temprano, se pone su mejor remera y va a votar al mismo partido que lo olvidó hace años. Lo hace sin fe, pero con costumbre. Porque, en el fondo, el paraguayo no vota por esperanza, sino por tradición, por miedo a lo desconocido o por no quedarse fuera del juego.
Cuando gana su candidato, festeja como si él mismo hubiera ganado la intendencia; cuando pierde, se lamenta diciendo “igual son todos iguales”, y vuelve a su rutina, como si nada. Su rebeldía es cíclica: estalla en la charla, muere en el silencio. El paraguayo se queja del calor, pero si llueve se queja más... Si hace frío, también... Y si el clima es perfecto, dice que “seguro mañana se viene algo raro”... Vive desconfiando del bienestar, como si no se lo mereciera o como si la calma fuera siempre la antesala de un nuevo problema.
El paraguayo es raro. Te dice que “acá nadie progresa” y que “todo está caro”, pero cuando cobra su sueldo, lo primero que hace es invitar una ronda, comprarse un short nuevo y llenar el tanque de la moto “para dar una vuelta”. No invierte, pero se da sus gustos. No ahorra, pero siempre tiene para el asado del domingo. Y ese domingo es sagrado. No importa si está endeudado o con fiebre, si el país se derrumba o si tiene que madrugar el lunes. El domingo se prende el carbón, se hierve el agua del tereré y se discute de política entre carcajadas, sin llegar a ningún acuerdo. Allí el paraguayo olvida todo: la crisis, la bronca, la falta de oportunidades. Por unas horas, vuelve a sentirse dueño de algo: de su gente, de su casa, de su pequeño mundo.
El paraguayo es raro. Puede pasarse el día entero hablando mal del país, pero si un extranjero lo critica, se le enciende el pecho y responde con orgullo: “vos no sabés lo que es Paraguay”. Es que el paraguayo puede renegar de su patria, pero no deja que nadie más lo haga. Es suyo, con sus defectos, su corrupción y sus calles rotas. En el trabajo, el paraguayo es creativo, pero poco disciplinado. Hace milagros con pocos recursos, improvisa, se las ingenia, pero no le gusta el reloj. Llega tarde, pero llega. Cumple, aunque sea a su modo. Sabe sobrevivir en la precariedad, adaptarse a lo que haya, y de esa flexibilidad nace su ingenio: el arte de “hacer rendir lo que no alcanza”.
El paraguayo es raro.
Dice que no le importa el qué dirán, pero vive pendiente de lo que digan. Se compra ropa nueva para impresionar a quienes no le agradan, sube fotos para demostrar lo que no tiene y se indigna si no recibe “me gusta”. Quiere destacarse, pero teme llamar la atención. Su identidad oscila entre la timidez y la vanidad.
El paraguayo sueña con irse, pero cuando se va, extraña el ruido de los gallos, el aroma del tatakua, los gritos del vecino, la música del colectivo. Allá afuera, siente que nadie lo entiende, y se da cuenta de que esa tierra que tanto criticaba, era más suya de lo que creía. Entonces, empieza a hablar guaraní con orgullo, a contar historias de su pueblo, a defender costumbres que en su país ni practicaba.
El paraguayo es raro. Dice que “no hay trabajo”, pero si aparece uno con horario fijo y sin sombra, responde “¡por eso no más no!”. Se queja del patrón, pero si él fuera patrón, haría lo mismo. Condena la corrupción, pero si pudiera beneficiarse, lo pensaría dos veces. Sabe lo que está mal, pero lo justifica con un “así nomás es acá”. Y aun así, el paraguayo es noble. Cuando alguien necesita ayuda, deja todo. Puede no tener nada, pero comparte lo poco que tiene. Si hay un accidente, corre; si hay un velorio, acompaña; si hay una fiesta, baila. Su solidaridad es espontánea, casi instintiva, como si la miseria lo hubiera enseñado a ser humano.
El paraguayo es raro. En él conviven el fatalismo y la esperanza, el escepticismo y la fe, la pobreza material y la riqueza emocional. Tiene una especie de alegría triste, una forma de humor que disfraza la impotencia. No teme al fracaso, porque está acostumbrado a él; y sin embargo, sigue soñando, porque rendirse sería peor. En el fondo, el paraguayo no es raro, sino que, básicamente es el reflejo de una historia inconclusa, de un pueblo que sobrevivió a guerras, traiciones y olvidos, y que aprendió a resistir sin promesas. Vive entre la risa y la resignación, entre la burla y la ternura, pero sigue en pie.
Porque aunque diga “ya fue”, al otro día se levanta igual. Y mientras haya un sol, una guampa de tereré y alguien con quien conversar, el paraguayo va a seguir andando —raro, contradictorio, pero vivo—.
El paraguayo es raro. Vive esperando un cambio que no termina de llegar, y sin embargo teme que llegue. Habla de “un Paraguay diferente”, pero cuando ve a alguien distinto, lo señala, lo ridiculiza, lo desconfía. Tiene hambre de transformación, pero miedo de la ruptura. Esa contradicción es su prisión invisible: quiere mejorar, pero no quiere perder lo que conoce, aunque eso que conoce lo oprima.
El paraguayo es raro. Tiene una memoria selectiva. Recuerda las glorias del pasado, pero no las causas del sufrimiento. Cita la guerra de la Triple Alianza con orgullo, pero olvida que esa guerra nos dejó huérfanos de futuro. Habla del mar perdido como si aún estuviera en los mapas, pero no habla de los mares de oportunidades que dejó pasar por apatía o por resignación. Vive en un eterno duelo, sin saber si lo que perdió fue su país o su esperanza.
El paraguayo cree que todo está manejado por “los de arriba”, y sin embargo rara vez mira hacia arriba para entender cómo funciona el poder. No estudia al poder, lo teme. No lo enfrenta, lo esquiva. Y así, el poder se recicla, se viste de nuevos nombres, de nuevas promesas, de nuevos slogans, pero es el mismo poder de siempre: un poder que se alimenta del silencio.
El paraguayo es raro. Critica la corrupción, pero la normaliza. Denuncia al ladrón grande mientras aplaude al ladrón pequeño. Si el corrupto es su amigo, dice “por lo menos ayuda”. Si roba, pero comparte, se le perdona. Es que el paraguayo, más que inmoral, es pragmático: aprendió que la moral no alimenta, que la honestidad no garantiza el pan. Por eso su ética es flexible, su moral es de supervivencia.
El paraguayo es raro. Es profundamente religioso, pero su fe no siempre se traduce en virtud. Reza por justicia, pero soborna si puede; pide prosperidad, pero envidia al que prospera. En la misa, en el templo o en la capilla, busca alivio más que redención. No busca salvar el alma, sino el día. La fe se convierte en refugio, no en transformación.
El paraguayo ama la paz, pero vive en conflicto: con su vecino, con el tránsito, con el sistema, con él mismo. Discute en los grupos de WhatsApp, grita en la cancha, se enoja con la política, pero evita el diálogo real. No porque no tenga ideas, sino porque no cree que sirvan de algo. La impotencia colectiva lo volvió escéptico, y el escepticismo lo volvió pasivo.
El paraguayo es raro. No confía en las instituciones, pero tampoco en los ciudadanos. Sospecha del policía, del juez, del periodista y del candidato, pero también del que protesta, del que piensa distinto, del que no se acomoda al molde. Ha sido traicionado tantas veces, que ya no distingue entre enemigo y aliado. Vive desconfiando, y esa desconfianza lo mantiene dividido, dócil, fácil de manejar. El paraguayo no odia la autoridad, la admira. Pero la admira desde el miedo. Le gusta el jefe fuerte, mbarete, el presidente que “pone orden”, el líder que “no se anda con vueltas”. Lo que busca no es justicia, sino dirección; no igualdad, sino control. Porque la historia le enseñó que sin un mando firme, todo se desmorona. Por eso, aunque critique a los caudillos, los necesita. Y los crea.
El paraguayo es raro. Tiene inteligencia natural, pero carece de organización colectiva. Sabe resolver problemas individuales, pero no estructurales. Es capaz de improvisar una solución para su casa, su moto, su negocio, pero no confía en soluciones comunes. Prefiere el “yo me arreglo” al “nos arreglamos”. Su genio práctico es enorme, pero su sentido de comunidad, frágil.
El paraguayo cree que la política es sucia y por eso no se involucra mucho, pero la vive todos los días sin darse cuenta. Hace política cuando elige a quién ayudar, cuando calla lo que debería decir, cuando apoya al que tiene poder, cuando no denuncia lo que ve. Es un político sin conciencia de serlo, atrapado en una red de favores, lealtades y silencios que él mismo sostiene.
El paraguayo es raro. Él aspira a la modernidad, pero teme mucho perder la tradición. Sueña con un país desarrollado, pero quiere que siga siendo “tranquilo”. Desea progreso, pero sin movimiento; abundancia, pero sin esfuerzo. Su ideal de bienestar es la estabilidad, no la grandeza. Por eso se acomoda, por eso se adapta, por eso sobrevive. Y esa supervivencia, aunque parezca virtud, también es condena. Porque sobrevivir no es vivir. Y mientras el paraguayo siga sobreviviendo en lugar de construir, seguirá siendo rehén de su propio ingenio. Sin embargo, hay algo profundamente admirable en esa rareza. En ese equilibrio entre la miseria y la esperanza, entre la desconfianza y la ternura. El paraguayo, incluso roto, conserva la calidez; incluso perdido, conserva el humor; incluso humillado, conserva la dignidad. No se rinde del todo porque, en su interior, hay una fe antigua, un instinto que le dice que algún día va a estar mejor, aunque no sepa cómo ni cuándo.
El paraguayo es raro, muy raro... sí. Pero en esa rareza está su verdad: es el resultado de siglos de resistencia, de golpes y de silencios, de cicatrices heredadas. Es un pueblo que aprendió a callar para no desaparecer, a reír para no enloquecer, a creer para no morir. Y aunque a veces parezca conformista, en el fondo late una rebeldía dormida. Esa rebeldía que despierta en los momentos más inesperados: cuando el abuso se vuelve insoportable, cuando la injusticia toca lo sagrado, cuando el hambre vence al miedo. Entonces el paraguayo cambia de tono, se endereza, y el mundo recuerda que el silencio del paraguayo no es cobardía, sino paciencia. Porque el paraguayo no olvida. Solo espera su momento.
El paraguayo es raro. Y no por naturaleza, sino por historia. Su rareza no nació del capricho ni del temperamento tropical; nació del despojo. Cuando un pueblo sobrevive a guerras de exterminio, dictaduras eternas y democracias amañadas, no puede salir ileso. Aprende a desconfiar del ruido, a ocultar la rabia, a hablar bajito. Aprende que el silencio es estrategia, que la obediencia puede salvar la vida y que la astucia vale más que la fuerza. Por eso el paraguayo se volvió desconfiado, reservado, prudente. Por eso sonríe mientras sufre, finge calma mientras se quema por dentro. Su aparente pasividad no es cobardía, sino una forma de defensa. Es el resultado de siglos de haber sido vigilado, castigado, traicionado por quienes decían protegerlo.
El paraguayo es raro porque su educación política fue una educación del miedo.
Aprendió a obedecer al patrón, al cura, al militar, al político. Aprendió que hablar de más puede costar caro, que las ideas son peligrosas si no convienen al poder. Y ese miedo se heredó como se heredan los apellidos: pasó de padres a hijos, camuflado en frases como “no te metas”, “así nomás es” o “dejá, no va a cambiar nada”.
Así se formó el alma doble del paraguayo: una que sueña con la libertad y otra que teme usarla.
Una que admira al rebelde, pero se comporta como súbdito.
Una que desea el cambio, pero lo posterga para mañana.
El paraguayo es raro. Tiene una identidad partida entre el orgullo y la vergüenza. Se siente orgulloso de ser paraguayo, pero a veces se avergüenza de su país. Habla con pasión del guaraní, pero no siempre lo defiende; celebra su cultura, pero la deja morir en la rutina. Es un pueblo que aún no terminó de reconciliarse consigo mismo, que vive en un vaivén entre lo que fue y lo que quisiera ser. Esa contradicción también lo vuelve profundamente humano. Porque detrás de cada ironía, de cada chiste, de cada “así nomás ya”, hay una filosofía de resistencia.
El paraguayo no se rinde del todo porque aprendió a sobrevivir en los márgenes, en los huecos, en las grietas del sistema.
Donde no hay leyes justas, inventa reglas. Donde no hay oportunidades, inventa oficios. Donde no hay esperanza, inventa fe. Pero esa misma capacidad de adaptación es su trampa. Porque el que se adapta demasiado deja de transformarse. Y el paraguayo, tantas veces adaptado, terminó creyendo que soportar es una virtud. Que sufrir en silencio es noble. Que agachar la cabeza es prudente. Y mientras tanto, los mismos poderosos de siempre se reparten el país, sabiendo que abajo reina una calma que no es paz, sino cansancio.
El paraguayo es raro. Se aferra al pasado como si fuera abrigo, porque el futuro le da miedo. Desconfía del progreso porque le enseñaron que todo lo nuevo trae problemas. Le cuesta imaginarse como protagonista de su destino, porque siempre lo pensó desde la servidumbre, desde la periferia, desde la carencia.
El paraguayo es raro. Pero su rareza es también su fuerza. Porque cuando el sistema lo empuja al límite, saca de adentro una dignidad que nadie le enseñó. La misma dignidad que hizo que un país arrasado en la Guerra Grande no desapareciera. La misma dignidad que resistió a Stroessner sin armas, con la paciencia de los que saben esperar.
La misma dignidad que, a pesar del hambre, lo hace compartir el último pedazo de pan con un vecino.
El paraguayo no es débil. Es cauteloso. Su poder no se muestra, se acumula. Su rebeldía no grita, madura. Su silencio no es vacío, es contención. Porque cuando el paraguayo habla de verdad —no para quejarse, sino para decidir—, el país tiembla.
El paraguayo es raro, pero no tonto.
Sabe leer las intenciones, huele la mentira, intuye el abuso. Pero no siempre actúa. A veces por miedo, otras por conveniencia, y otras simplemente porque aprendió que el sacrificio individual rara vez cambia lo colectivo. Pero esa calma no debe confundirse con resignación eterna: es una calma que observa, que analiza, que espera su momento. Y ese momento, tarde o temprano, llega. Porque ningún pueblo duerme para siempre. Porque hasta el más manso de los pueblos tiene un límite, una línea que no se cruza, una herida que despierta.
El paraguayo es raro, sí, pero no está perdido. Solo está dormido. Y cuando despierte, cuando recuerde que fue capaz de reconstruirse de las cenizas, cuando entienda que su destino no depende de “los de arriba” sino de su propia organización, entonces su rareza dejará de ser burla y se convertirá en símbolo. Porque en realidad, lo raro no es el paraguayo: lo raro es que haya sobrevivido a tanto, y siga sonriendo.
El paraguayo es raro. Pero su rareza, comprendida desde la verdad, no es defecto: es semilla. Ha pasado demasiado tiempo mirando cómo otros definen su destino. Lo acostumbraron a vivir esperando órdenes, migajas, favores. Lo convencieron de que el poder es un privilegio ajeno, no una responsabilidad compartida. Pero hay un límite para toda obediencia. Y ese límite ya se siente en el aire.
El paraguayo empieza a despertar.
Lentamente, con la calma de los que ya no creen en discursos, pero aún creen en los hechos. Empieza a mirar con otros ojos al que lo gobierna, al que promete, al que se aprovecha. Empieza a entender que su voto vale más que una remera, que su silencio vale más que una foto, que su dignidad no se negocia por un plan ni por un cargo.
El paraguayo empieza a hablar distinto. Ya no dice “así nomás ya”, sino “basta”. Ya no dice “no se puede”, sino “¿por qué no se va a poder?”. Ya no pide permiso para existir, sino que exige respeto. Ese cambio no vendrá de arriba. Vendrá del suelo, del polvo, de las calles olvidadas, de las voces que no suenan en la radio ni en el Congreso. Vendrá de la gente que nunca tuvo un título, pero tiene memoria; que no estudió política, pero entiende la injusticia. Vendrá de los que aprendieron a resistir sin pancartas, con dignidad silenciosa.
El paraguayo es raro. Tiene el corazón cansado, pero no roto. Tiene la fe desgastada, pero no muerta.
Y cuando el cansancio se convierte en lucidez, el pueblo cambia su destino. Quizás no lo haga con violencia ni con gritos, sino con una revolución más sutil: la del pensamiento.
El día que el paraguayo entienda que su pobreza no es un castigo divino, sino una estrategia; que su docilidad no es virtud, sino herramienta de control; que su esperanza no debe estar en los hombres, sino en la conciencia colectiva… ese día, el país volverá a nacer. Porque el paraguayo no necesita salvadores. Necesita saberse soberano. Necesita creer, de nuevo, en sí mismo.
Y cuando lo haga, el poder que hoy se esconde tras escritorios y trajes perderá sentido, porque ningún sistema resiste cuando el pueblo deja de tener miedo. El paraguayo es raro, sí.
Pero su rareza, cuando despierte, será fuerza creadora. Una fuerza que no busca venganza, sino dignidad; que no busca dominar, sino ordenar; que no busca destruir, sino reconstruir. Entonces, el paraguayo volverá a mirar su tierra con orgullo verdadero, no de consuelo, sino de conquista.
Volverá a decir “Paraguay” sin sentir resignación, sino promesa.
Y los que lo llamaban raro entenderán que lo que parecía debilidad era paciencia; que lo que parecía conformismo era estrategia; y que el pueblo que se ríe en su desgracia, es el más peligroso cuando decide levantarse. Porque el paraguayo, cuando despierta, no pide: actúa. Y cuando actúa, nada lo detiene.
El peor error que puedes cometer con un paraguayo, es hacerlo pensar.
Porque cuando el paraguayo empieza a pensar, se incomoda. Se da cuenta de que el país no funciona, de que su voto no vale lo que le hicieron creer, de que su fe ciega en los caudillos es el muro invisible que sostiene su propia miseria. Entonces, prefiere no hacerlo. Prefiere el “así nomás ya”, porque pensar duele, y el paraguayo aprendió a sobrevivir anestesiado. El paraguayo no es tonto, pero se finge indiferente. Su indiferencia es una coraza. Una defensa frente al desencanto perpetuo. Sabe que lo van a engañar, pero igual sonríe y dice “péva ha'e”. Sabe que el político roba, pero igual le pide un favor. Porque en el fondo, el paraguayo no espera justicia: espera oportunidad.
Tiene una relación casi afectiva con la corrupción. No la ama, pero la acepta como quien convive con un parásito que ya forma parte de su cuerpo. Es parte del sistema de supervivencia, del mecanismo que mantiene la rueda girando. “Todos roban”, dice, con un tono que mezcla resignación y complicidad. Lo dice sabiendo que tiene razón, y por eso mismo no se rebela.
El paraguayo teme al cambio, aunque se queje de la rutina. Admira al que se atreve, pero lo critica por envidia. Es capaz de destruir a quien destaca, solo para no sentirse inferior. Y mientras tanto, aplaude al mediocre que le promete “tranquilidad”. No porque crea en él, sino porque teme al vacío de no tener a quién culpar.
En el fondo, el paraguayo vive en una contradicción permanente: sueña con la grandeza, pero desconfía de todo intento de alcanzarla. Quiere progreso, pero no disciplina; quiere libertad, pero no responsabilidad; quiere líderes, pero no sacrificio. Y así, el país se convierte en un círculo perfecto de autodestrucción pasiva.
Lo más triste no es que el paraguayo haya perdido la fe en sus instituciones; es que perdió la fe en sí mismo. Ha convertido el humor en refugio y la ironía en mecanismo de defensa. Se ríe de su desgracia porque llorar sería admitir que ya no sabe cómo salir de ella.
El paraguayo sobrevive, pero no vive. Trabaja más de lo que disfruta, cree menos de lo que reza, y espera más de lo que actúa. Tiene inteligencia, talento, sensibilidad… pero carece de dirección. Porque pensar —de verdad pensar— implicaría romper con todo lo que le da seguridad: la religión, el clientelismo, el compadrazgo, el “che la reína” de cada día. Y por eso, cuando uno lo hace pensar, el paraguayo se irrita. Te mira como si le hubieras faltado el respeto. Porque no quiere espejos, quiere consuelo. Quiere seguir creyendo que el problema es “la política”, no su complicidad silenciosa. Quiere seguir llamando “esperanza” a su costumbre de aguantar.
El peor error que puedes cometer con un paraguayo, es hacerlo pensar.... Porque si algún día piensa de verdad, se acaba el país tal como lo conocemos. Y tal vez —solo tal vez— comience por fin la historia de otro Paraguay. Uno que ya no se conforme con sobrevivir, sino que aprenda, por primera vez, a despertar.
Al paraguayo hay que tomarlo del rostro y decirle: “atendeme bien, por favor”, de lo contrario le entra por un oído y le sale por el otro. Pensar no es lo suyo. Al paraguayo hay que tocarle el corazón, hacerlo sentir, no pensar.
El paraguayo no se mueve por ideas, se mueve por emociones. No razona, reacciona. No analiza, se identifica. Si lo haces sentir parte, ya lo ganaste; si lo haces sentir menos, ya lo perdiste. Su lógica no pasa por la cabeza, pasa por el pecho. Por eso los discursos racionales fracasan, y los demagogos triunfan.
Al paraguayo no le importa que tengas razón, le importa la forma en cómo lo digas. Puedes hacer un discurso digno de un Premio Nobel, pero si no le gusta tu tono de voz o tu vestimenta, lamento decirte que no lo convenciste. El paraguayo no busca argumentos, busca presencia. No busca líderes sabios, busca líderes que parezcan sabios.
Le fascina la figura fuerte, el que impone, el que alza la voz sin pedir permiso. No porque crea en él, sino porque en el fondo necesita sentirse dominado para poder obedecer sin culpa. El paraguayo tiene una relación contradictoria con la autoridad: la detesta, pero la respeta; la teme, pero la admira. Y por eso, en el fondo, siempre termina eligiendo al que más se le parece: al que promete sin cumplir, al que sonríe sin sentir, al que manda sin pensar.
El paraguayo no soporta que le hablen con superioridad intelectual.
Lo percibe como una humillación. Prefiere la mentira amable al razonamiento incómodo. Por eso el político astuto no le habla de “reformas estructurales”, sino de “esperanza y cambio”. No le habla de eficiencia, sino de familia. No le promete esfuerzo, sino suerte. Y el paraguayo, agradecido, aplaude.
Si quieres llegar al paraguayo, no le hables de justicia, háblale de injusticia; no le hables de progreso, háblale de orgullo nacional; no le hables de ideas, háblale de honor. Porque el paraguayo vive del símbolo, no del concepto. De la emoción, no del pensamiento. Es un pueblo que fue moldeado más por el sufrimiento que por la reflexión.
Y no es culpa suya. El paraguayo fue educado para obedecer, no para cuestionar. Aprendió que dudar es peligroso, que pensar distinto es insolencia, que sobresalir es pecado. Heredó siglos de servidumbre, miedo y silencio. Y aunque hoy se diga libre, todavía arrastra la sombra de ese pasado: prefiere el confort de la sumisión antes que la angustia de la libertad. Por eso, al paraguayo no se le gana con ideas, se le gana con símbolos. Una bandera, un color, un grito, una sonrisa, un apretón de manos… esas son sus claves. Lo demás es ruido.
Y lo trágico es que, mientras siga guiándose por lo que siente y no por lo que piensa, seguirá votando por quien le acaricie el ego y no por quien le cambie la realidad.
El día que el paraguayo entienda que sentir no es pensar, y que el pensamiento no mata la emoción sino que la orienta, tal vez ese día empiece a construir un país que ya no necesite ser convencido, sino comprendido. Pero para eso falta. Porque mientras más lo conozco, más claro me queda: al paraguayo no se le educa con palabras, sino con ejemplos. Y como casi nadie da el ejemplo, seguimos igual: repitiendo frases, aplaudiendo farsas y esperando milagros que nunca llegan.
El paraguayo vive de la ilusión de que todo va a mejorar “algún día”, sin entender que ese “algún día” nunca llega porque nadie se levanta a buscarlo. Su esperanza es pasiva, como la fe de quien reza pero no actúa. Dice “Dios va a proveer” mientras deja que el tiempo se lo trague todo. Es un pueblo que confunde resignación con paciencia, y caridad con justicia.
Tiene una habilidad admirable para adaptarse a la miseria. Se las ingenia para sobrevivir donde nadie más podría. Pero esa misma capacidad es su condena: porque cuando uno se acostumbra a sobrevivir, deja de luchar por vivir mejor. El paraguayo se enorgullece de su aguante, pero ese aguante es también una cadena invisible. Lo mantiene quieto, soportando lo insoportable, celebrando pequeñas migajas como si fueran triunfos nacionales.
El paraguayo ama la armonía, pero no la verdad. Porque la verdad incomoda, divide, exige definición. Y el paraguayo prefiere no definirse. Por eso evita el conflicto hasta cuando el conflicto es necesario. Prefiere callar, asentir, sonreír y decir “todo bien, che ra’a”. Su diplomacia cotidiana esconde cobardía emocional. No dice lo que piensa, porque teme perder la aprobación de los demás.
El paraguayo no busca tener razón, busca tener razón con los suyos. Su verdad depende del grupo, de la parentela, del color político, de la parroquia. Es tribal, más que nacional. Lo que importa no es lo justo, sino “lo nuestro”. Por eso la corrupción se vuelve tan natural: porque no se la vive como robo, sino como ayuda al clan. “Total, todos lo hacen”. Y así, lo inmoral se vuelve costumbre, y la costumbre se vuelve cultura.
El paraguayo no valora la autoridad que lo corrige, sino la que lo consiente. Al que lo disciplina, lo odia; al que lo malcría, lo venera. Se indigna por los abusos, pero cuando tiene poder, los repite. Es el eterno círculo de un pueblo que quiere cambiar las caras, pero no las costumbres. Y mientras tanto, el país sigue girando sobre el mismo eje: el de la conveniencia y el silencio. No se puede negar, sin embargo, que el paraguayo tiene una nobleza oculta. Una humanidad profunda, casi primitiva, que sobrevive a pesar de todo. Cuando ama, lo hace con una intensidad desbordante. Cuando ayuda, lo hace sin cálculo. Cuando sufre, no se rinde. Pero el sistema —esa mezcla de clientelismo, religión domesticada y pobreza perpetua— ha aprendido a usar su nobleza como herramienta de control. Le venden esperanza envuelta en banderas, le prometen cambio disfrazado de costumbre, y él, con la ingenuidad de siempre, vuelve a creer.
Al paraguayo hay que sacudirle la conciencia, no acariciarle el orgullo.
Hay que enseñarle a dudar, no a obedecer. Pero eso es lo que más teme: que pensar lo obligue a cambiar, que cambiar lo obligue a perder, y que perder lo deje solo. Por eso elige seguir donde está, quejándose de todo, pero sin moverse de lugar.
Porque el paraguayo no odia la injusticia tanto como odia la incomodidad. Y hasta que no entienda que la incomodidad es el precio de toda transformación, seguirá siendo el mismo pueblo que aplaude al que lo oprime, vota al que lo humilla y reza al Dios que le pide paciencia, no justicia.
El día que el paraguayo deje de buscar consuelo y empiece a buscar sentido, ese día dejará de ser el personaje pintoresco que sobrevive al margen de la historia, y empezará a escribirla.
Pero ese día, para llegar, necesita algo que hoy le falta: el valor de pensar.
Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu comentario
Escribe tu opinión y comparte tus ideas con nosotros