El paraguayo es raro
El paraguayo es raro Cuando le preguntas al paraguayo por su día, él te responde todo tranqui o de lujo , mientras va caminando sudado por la calle, con su moto –que tiene una cubierta pinchada– al lado. Tiene el sol en la nuca, la billetera vacía y aún así sonríe, como si reírse del infortunio fuera su deporte nacional. El paraguayo dice ¡yo no le debo fineza a nadie! , y sin embargo le debe al almacenero, al carnicero, al vecino, al cuotero y hasta al tío que le prestó plata para “una urgencia”. No le gusta deber, pero no puede evitarlo: vive a crédito, a confianza, a promesa. Su economía funciona con la palabra empeñada y la esperanza de que “el mes que viene se mejora”. El paraguayo es raro. Dice que “ya no cree en los políticos”, pero el domingo de elecciones se levanta temprano, se pone su mejor remera y va a votar al mismo partido que lo olvidó hace años. Lo hace sin fe, pero con costumbre. Porque, en el fondo, el paraguayo no vota por esperanza, sino por tradición, por mi...